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martes, 29 de octubre de 2013

Luna estival

La Luna era menguante en la bóveda estival. Con curiosidad, y tal vez un poco de vergüenza, observaba desde su trono de nácar y marfil una noche más. Ella disfrutaba viendo el mundo cotidiano de aquellas pequeñas criaturas que poblaban a su hermana Gea. Desde muy lejos, conocía y observaba las vidas de las gentes, sus pasiones y sus muertes. Esa noche, su atención se centró en una pareja joven que se encontraban sentados cerca de los árboles, no muy lejos de un lago. Era ya tarde, pero ellos no parecían querer dormir y se los veía felices hablando y sonriéndose mutuamente. Le llamó la atención, que en un determinado momento la muchacha se desnudó, y empezó a estirar su cuerpo, como tratando de conectar con la energía que envolvía aquel lugar de ensueño. La Luna vio su cara de libertad y de felicidad, y como movía los brazos de manera que parecía danzar a pesar de estar sentada. Ella no podía liberarse del yugo que suponía su radiante trono, asique de algún modo conectó su energía con la de la joven e hizo que el acompañante de esta quedara maravillado con la esencia que desprendía. Vio que ambos se amaban, que sus miradas conectaban de un modo especial, por lo que decidió bendecir con su alba luz aquella unión que ella jamás experimentaría. 

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