La lluvia nocturna emborrona los contornos con los que se
dibuja Madrid. Es parecido a lo que sucede cuando un pobre enamorado deja caer
una lágrima sobre la carta que escribe para alguien que no le corresponde: la
lágrima cae al papel, se fusiona a él y diluye con una asombrosa rapidez la
tinta que había en ese lugar, dejando una mancha difusa en el lugar donde antes
hubo una letra o palabra. Pero no es capaz de borrar lo que su dueño quiso
decir. Es lo que sucede cuando la lluvia decide acariciar Madrid una noche de otoño.
Las aristas de sus edificios se funden con el mar de asfalto grisáceo, mientras
que las luces bailan a su antojo reflejándose en el suelo bañado por las aguas,
un suelo que parece un espejo fragmentado en mil pedazos. Las luces otorgan al
cielo un extraño color rojizo, que contrasta con la oscuridad de los que aman
la noche. ¿Por qué no dejarse empapar mientras caminas envuelto por la magia de
la luz y el agua? Madrid tiene una belleza artificial, desgastada y fría; pero eso
es lo que hace de ella el lugar idóneo para besarse bajo la luz de una farola…
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